Dijiste que a veces no sabías cuando parar. Y tenías
mucha razón.
No sabes cuando parar de ser tan rotundamente insistente.
Disco rallado. Siempre con el mismo discurso, hablando desde la cátedra pero en
un taburete. El taburete de tu reino, porque no es más que eso. Ese mundo que
te tienes montado en tu mente es un taburete que te eleva veinte centímetros
del suelo. Y ya te crees Dios.
Analizando a la gente desde tu punto de vista de
insensible. Diciendo que tú también has tenido el corazón roto. Rasgado no es
lo mismo que destrozado, cariño. Visualizando los pensamientos, las acciones y
los problemas de los demás como si fueran tuyos. Y no lo son. Por suerte.
No entiendes las correcciones. Tú eres el único
capacitado para decirle a la gente qué se debe hacer en todo puto momento pero
a ti nadie te puede decir nada. Es una barrera invisible que te has creado para
tener al menos un buen problema que contar. Porque claro, solo sabemos lo que
cuentas.
Explicas tu vida a cada nueva persona que sabes que pasará
por ella. Hay tanta gente en esos capítulos que ya no sé quién me conoce cuando
me ve por la calle y quién no. Y qué deben pensar de mi. Porque tus historias
no son felices, al menos no para los demás.
Todos somos unos desestabilizados, unos enfermos mentales,
unos locos. Unos cínicos. Tú siempre intentas ayudar pero, ¡sorpresa!, nunca lo
logras. ¿Y por qué? Porque das consejos de mierda. Te llevas a la gente a tu
campo de batalla, les entrenas, los adoctrinas, les haces creer que tienes el
elixir. La solución a todos sus problemas. Y cuando ves que las bestias se
hacen demasiado indomables, ya sea porque ven que nada funciona o porque se
hartan de estar en la misma burbuja siempre, esperas a que se aburran de ti. O
mejor, te aburres tú de ellos y los añades a tus tomos. ¿Cuántas ediciones
debes llevar ya? Porque, sin duda, te encanta contar la historia de tu vida.
Desde tu punto de vista, claro. Autoría, traducción, edición y publicación:
todo por ti.
Y mejor no hables. No contestes. No digas nada. Que estás
más guapo. O en realidad no, pero qué más da. Hartas. Hartas mucho. Hartas
hasta la saciedad. Te repites demasiado.
Menudo bestiario te estás haciendo. A ver cuándo
despiertan las fieras.
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