¿Hay alguna sensación mejor que la dicha? No lo creo. ¿Pero cómo de conscientes somos que estamos siendo felices cuando nos sentimos bien? Podría formular preguntas similares: ¿por qué cuando no nos encontramos mal no le damos tanta importancia a nuestro estado? Y, ¿por qué echamos de menos cuando notamos que nos falta algo?
Hay una extraña satisfacción en el simple hecho de sentirnos tristes. Y esto me lleva a introducir una nueva palabra: la hipofrenia: sentimiento de tristeza sin causa aparente. A veces nos gusta estar tristes. No es nada masoquista, ni mucho menos.
De hecho, es parte de la vida.
Serán siempre estos instantes de inseguridad y dolor los que nos recuerden que la vida no es perfecta. La vida es eso: la oportunidad de aprender, equivocarse y rectificarse. Existencia solo hay una, y es nuestra tarea vivirla al máximo.
¿Qué sería de los momentos felices sin los que resultan más amargos? Probablemente no disfrutaríamos tanto de ellos, y viviríamos en la monotonía. Como si vivir fuera una rutina. Y, de hecho, es justo al contrario: vivimos para cambiar. Para cambiar nuestro día a día y hacerlo especial y diferente a todos los demás; para cambiarnos a nosotros, a nuestra manera de pensar, nuestros gustos. Para cambiar el mundo.
Son los momentos dolorosos los que nos hacen recordar quienes somos y porqué estamos preparados para todo lo que venga. Y es que no hay mal que por bien no venga. Nos enseñan a ser fuertes, a creer en nosotros, a sonreírnos a nosotros mismos y a ironizar los problemas, como si no fueran más que algo pasajero e insignificante. Nos enseñan a sentir, a notar que algo no va bien y que por algún motivo tendemos a lamentarnos y llorar cuando algo negativo ocurre en nuestro entorno.
Son estos mismos momentos lo que nos enseñan a caernos y a levantarnos. A reflexionar sobre la caída y a superar la que esté por venir. Porque si piensas que va a ser la última, vas muy equivocado. Habrá más, muchísimas más. Y cada vez más fuertes. Serán visibles tus heridas y cicatrices, y es tu decisión sentirte orgulloso de cada objetivo que superas o vivir en las sombras de la desdicha.