sábado, 13 de enero de 2018

Shoutout_1 (nit1.docx)

Ya no sé cómo pedir ayuda.

Estoy agotando todas mis fuerzas. Pensamientos que no debería tener empiezan a invadir mi mente estos días. No me gustan, y tengo miedo de que me puedan gustar.

Voy a días, la verdad. Hay algunos que me encuentro bien, todo es más fácil y ameno. Generalmente, esto me pasa cuando estoy ocupada. Pero cuando llega la noche, o el fin de semana o, simplemente, el tiempo libre, pierdo el control sobre mis emociones.
Una frase de alguna canción de desamor puede hacerme llorar, una cita de un libro puede hacerme pensar y un lugar puede hacerme recordar.

Ya me lo decían algunas personas, que esto era un punto muerto. No puedo volver atrás, pero tampoco veo cómo seguir hacia delante. ¿Entonces qué? He intentado confiar en la gente, y cada vez me quedan menos personas a las que explicarles cómo me siento. Cada vez que me siento triste o mal parece peor que la vez anterior, incluso parece completamente nuevo. Así es como lo siento, y esto cuesta de explicar. Inefable.
Las personas en las que más he confiado me están empezando a fallar. Ya sea voluntariamente o involuntariamente. Y empiezo a confundir las intenciones de cada uno. Algunos me ignoran, otros me critican, otros solo están para escuchar lo que se cuece y mantenerse al margen (o peor, opinar) y otros tienen ya suficientes problemas en sus vidas como para hacerse cargo de mi.

Necesito ayuda. Necesito urgentemente que alguien me diga que me pasa. Necesito crear una dependencia sobre mi subconsciente a partir de órdenes de otros subconscientes. Que me digan qué hacer para dejar de estar así. No puedo permitirme seguir de esta forma mucho más tiempo.

Mi creatividad aumenta, pero todo se revuelve y se confunde. Todo lo que hago suena similar. No me gusto, en ningún sentido.


Estoy completamente bloqueada. No sé cómo continuar a partir de aquí, y las pocas opciones que me quedan me asustan. Asustan a cualquiera que todavía esté cuerdo.

Cigarro_4

Tengo poco claras las cosas y pocas cosas claras. No voy a mentir. Pero si de una cosa estoy segura, era de que yo le había querido más.

Yo sabía la forma de su rostro, su manera de sonreír, la silueta de su nariz, de sus cejas y de sus labios. El color y la dirección de su pelo.
Yo sabía las constelaciones que formaban sus pecas. Las repasé tantas veces con los dedos y con los labios…
Vi el recorrido de sus lágrimas, y el de sus risas también. Supe todas las arrugas de su frente y de sus comisuras. Aprendí hasta el último gesto que hacían sus ojos para ocultarse del sol cuando daba de cara. Y el movimiento de sus manos para apartarse el pelo de la cara cuando iba despeinado.

Y quizá él también sabía todas aquellas cosas suyas.

Pero lo que él nunca sabría era la belleza del color de sus ojos. Él nunca entendería porqué los quise tanto. Me enamoré de la manera en que me miraba, de la forma que tenía de verme. Pero también lo hice de sus ojos cuando me observaba.

Era una mirada insondable, que parecía avizorar mi alma en busca de algo escondido.

“¿Sabes que las pupilas se dilatan cuando vemos algo que nos gusta?”
Sus pupilas se dilataban, sin duda. No sé si las mías lo hacían, imagino que sí. Nos solíamos besar en la oscuridad. Evitábamos la luz porque nuestra luz éramos nosotros mismo. Yo la suya y él la mía.

Y sé que suena poético hablar así de alguien tan simple por fuera. Poco complejo hablando, poco rebuscado y muy poco observador. ¿Pero sabes qué? Él estaba roto, y eso le hacía dejar de ser simple, a veces.

No sé si alguna vez llegué a conocerlo, pero volveré a imaginar que sí. Mi eterna curiosidad y necesidad de saberlo todo me llevó a formular una pregunta varias veces: “¿hay algo que no me hayas contado nunca?”. Y su respuesta fue siempre la misma: “no”.

Quizá sí haya cosas que no sabré nunca. Quizá pretende quedarse roto para siempre. Por de pronto, nunca voy a saber qué pensó cuando dije adiós y no quiso contestar.

Dicen que quien ríe último ríe mejor. Yo nunca reí, pero tampoco estoy riendo ahora. Supongo que no hay “último” en algo que no termina.


The xx.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Cigarro_2

Me habían contado qué era el amor. Me lo habían explicado tantos personajes de libros y tantas canciones, que les creí.
El problema de creerse las novelas y las melodías con letras rimando es que creemos que nuestra vida gira entorno a estas obras de arte. Y lo peor es que no vemos que son solo eso: obras de arte. Cuando terminan, nuestras vidas siguen. Las suyas no.

Creí que estar enamorado era estar feliz, que tendría mariposas en el estómago, que caería en un pozo esperanzador llamado amor. Que los desamores duraban poco y dolían aún menos.

Pero la realidad era que estar enamorado era como estar en una montaña rusa.

A veces despacio, a veces deprisa. A veces de subida, a veces de bajada. Las mariposas entraban en coma, a veces, y el amor te hacía caer en él porque era lo más parecido a una trampa.

¿Por qué damos, entonces, más importancia al amor de una persona que al amor de todos los demás? ¿Por qué hemos permitido que nos hagan creer que no podemos amar hasta ese punto a los demás? ¿Qué hay de nuestros padres, madres, hermanos, hermanas, abuelos, amigos…? ¿No merecen ellos también que les quieran, que les compartan experiencias, que les hablen cada día, que les recuerden que se les quiere muy a menudo?

¿Qué se esconde detrás de esa exclusividad repentina? ¿Qué nos hace saber que esa persona es mejor que el resto de humanos en el mundo entero?

Son preguntas que me hago a menudo. Muy a menudo.

¿Qué hay de bueno en amar a una persona durante mucho tiempo, luego dejar de hablarla durante toda tu vida para seguir recordándola hasta tu muerte? Y no hablo de una sola persona, hablo de todas las que quieras apuntar por el camino.

Si decides emprender esta aventura llamada amor, acabarás en el desamor. Si decides no hacerlo, acabarás con la duda.
El desamor también es duda. El desamor es un “¿y si…?” constante. Nos hace plantearnos como de bien estaríamos si no hubiéramos tomado decisiones.


En conclusión: llegamos a donde empezamos. Salvamos nuestras dudas (o lo intentamos) con las dudas de los demás. Dudas de canciones y personajes. Es ficticio, sí. Pero son dudas igualmente.

Cigarro_1

Me he quemado. He ardido, atada al mástil podrido de un barco sin rumbo. De un timón rechinante, de unos camarotes mugrientos y sucios y vacíos. De un poema sobre ron, y sobre vodka, y sobre noches, y sobre estrellas. De versos sin métrica y sin más rima que una consonancia insistente a la que no nos quedó más que acostumbrarnos. Has quemado más de mi de lo que el café podrá hacer jamás por mis labios. Se ha prendido hasta la última astilla que quedaba clavada entre nuestros dos cuerpos, uniéndonos obligatoriamente como si el amor significara eso.

Una canción sobre gritos, sobre insultos, sobre mentiras que saben a verdades, sobre golpes, sobre empujones, sobre sonrisas con segundas, sobre… Una canción sobre ti. Sobre un rumbo demasiado definido y una ventisca que nos hace perder los papeles y, por qué no, los mapas.

Vista nublada, ojos rojos, balbuceo débil. Me lo sé de memoria ya.

Semana sí y semana también. Día sí y día también. Constante viento de cambio que resulta cortante y tenaz. Eso eres. Eso soy. En eso nos hemos convertido el uno al otro.

Me has destrozado. Me has tenido de rodillas, suplicándote. He sufrido por promesas que siempre supe que no se iban a cumplir. Oportunidades, muchas oportunidades. Una, dos, tres. Perdí la cuenta. O conté más de las que debía.

Te he pedido que te fueras.
Te he pedido que te quedaras.
Siempre he pedido una de las dos cosas en silencio, y siempre resultaba ser la que más quería que sucediera.

Me he quemado. He destrozado cada parte de mi. Y de ti. Y de todos los que tuvieron que escucharme, a pesar de que no se me da bien escuchar consejos. Y no hablemos de darlos.

No hay tesoros que perseguir. Ya no.

“No, no lo has entendido”. Estoy harta de que todos me entiendan. Nadie me ha entendido, y nadie va a hacerlo. Nadie podrá ser suficiente ayuda. Nadie podrá ser sustituto.

¿Entonces qué?

Entonces toca tirar la colilla al suelo, pisarla y olvidarse.

Es entonces cuando toca cambiar de cajetilla.