miércoles, 25 de enero de 2017

Petons de pel·lícula

El cel ennegrit comença a plorar, i ens hem de refugiar en un portal fred. No sé en quin moment he començat a riure per tot, a mirar-te com si de la lluna es tractés. En els teus ulls veig l’escalfor del cafè de mitjanit que acostuma a acompanyar l’insomni d’algú a qui li passen les hores volant.

Ens quedem callats un moment, el temps suficient per mirar-nos als ulls i tornar a somriure. Sembla que clareja. Miro el cel alhora que trec una mà on no hi ha sostre. Encara cauen gotes, però ha afluixat.

Sortim corrents un darrere l’altre i ens aturem a l’altra banda del carrer per recuperar l’alè. Tot seguit, torna a ploure amb força, però no hi ha temps per tornar al portal. Col·loques ambdues mans al meu rostre, movent el polze suaument resseguint les galtes i m’apropes a tu. Instintivament, ens apropem tant que el soroll de les gotes picant el terra se m’oblida, i quedem tots dos xops molt abans de poder evitar-ho. Els nostres llavis se sumen en un petó dolç i lent. Tan i tan maco que no li cal ni banda sonora, ni flors, ni públic.

Només tu i jo.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Aflicción

¿Hay alguna sensación mejor que la dicha? No lo creo. ¿Pero cómo de conscientes somos que estamos siendo felices cuando nos sentimos bien? Podría formular preguntas similares: ¿por qué cuando no nos encontramos mal no le damos tanta importancia a nuestro estado? Y, ¿por qué echamos de menos cuando notamos que nos falta algo?

Hay una extraña satisfacción en el simple hecho de sentirnos tristes. Y esto me lleva a introducir una nueva palabra: la hipofrenia: sentimiento de tristeza sin causa aparente. A veces nos gusta estar tristes. No es nada masoquista, ni mucho menos.

De hecho, es parte de la vida.

Serán siempre estos instantes de inseguridad y dolor los que nos recuerden que la vida no es perfecta. La vida es eso: la oportunidad de aprender, equivocarse y rectificarse. Existencia solo hay una, y es nuestra tarea vivirla al máximo.

¿Qué sería de los momentos felices sin los que resultan más amargos? Probablemente no disfrutaríamos tanto de ellos, y viviríamos en la monotonía. Como si vivir fuera una rutina. Y, de hecho, es justo al contrario: vivimos para cambiar. Para cambiar nuestro día a día y hacerlo especial y diferente a todos los demás; para cambiarnos a nosotros, a nuestra manera de pensar, nuestros gustos. Para cambiar el mundo.

Son los momentos dolorosos los que nos hacen recordar quienes somos y porqué estamos preparados para todo lo que venga. Y es que no hay mal que por bien no venga. Nos enseñan a ser fuertes, a creer en nosotros, a sonreírnos a nosotros mismos y a ironizar los problemas, como si no fueran más que algo pasajero e insignificante. Nos enseñan a sentir, a notar que algo no va bien y que por algún motivo tendemos a lamentarnos y llorar cuando algo negativo ocurre en nuestro entorno.

Son estos mismos momentos lo que nos enseñan a caernos y a levantarnos. A reflexionar sobre la caída y a superar la que esté por venir. Porque si piensas que va a ser la última, vas muy equivocado. Habrá más, muchísimas más. Y cada vez más fuertes. Serán visibles tus heridas y cicatrices, y es tu decisión sentirte orgulloso de cada objetivo que superas o vivir en las sombras de la desdicha.